lunes, 23 de marzo de 2009

Caminos por recorrer


Hay días en los que todo va fácil. Uno se levanta eufórico, el cielo está alto y claro y la bici nos espera perfectamente ajustada. O, aún mejor, creemos que en nuestra bajada favorita alcanzaremos esa perfección estética que habitualmente sólo vemos a los profesionales. Incluso puede que ese mismo día nuestros colegas se presenten puntuales y con un humor excelente, lo que nos augurará una mañana de diversión y compadreo sin límites. Otros días, en cambio, nos levantamos más cansados que al acostarnos, el cielo anda amenazante y, para colmo, la bici no anda del todo fina o, lo que es peor, los colegas nos han dado esquinazo, y nos esperan unas horas de entrenar solos por esos mundos de Dios por los que nos gusta andar a los ciclistas de montaña. Entrenar solo es duro en muchas ocasiones, aunque también es cierto que, al no distraernos con la conversación ni con la afortunadamente insana competencia que nos traemos con nuestros compañeros de salida, es por lo general un buen momento para la introspección. Cuando yo pedaleo solo, además de estar mucho más receptivo a los estímulos del exterior “Qué puesta de sol más extraordinaria”, “qué sendero tan sugerente”, “parece que se acerca el otoño”, también reflexiono más que en ninguna otra parte: ¿Qué puedo hacer para curvear mejor?, ¿de dónde puedo sacar más tiempo para entrenar?, o ¿cómo puedo arreglar este problema que me tiene fastidiado?... Otras veces me asaltan recuerdos lejanos, como bicis pasadas, caminos recorridos o, mi sección favorita, atuendos ciclistas que, afortunadamente, ya nunca volveré a vestir.
El escritor norteamericano Paul Auster escribió en una ocasión “Si no hay una pasión en tu vida, no vale la pena vivir”. Quizá llueva cuando vayas a salir a montar. O quizá no, y lo que caiga a plomo sea un sol abrasador que amenace con derretir las cubiertas. Quizá haya nevado y la rayita roja del termómetro sólo mida unos milímetros. O quizá esté anocheciendo y estés cansado después de currar todo el día, y el sofá te llame con cantos de sirena irresistibles. Puede que incluso tu bici necesite un repaso que no le has podido dar por falta de tiempo… o de presupuesto. En cualquier caso, da igual. Siéntate en tu sillín y disfruta del espectáculo; lo vas a crear tú mismo y, eres afortunado, tienes una pasión que hace más intensa tu vida.